23 de septiembre de 2012

Las ciudades modelo “no son cosa buena para el país”


Por Jorge Barralaga

La frase la escuché de un amigo que, me consta, no tiene acceso a mucha información, tampoco ha tenido la oportunidad de mayor formación política o ideológica, mucho menos económica o sociológica, pero no tuvo la menor duda en afirmar que las tales ciudades modelo no son cosa buena para el país. Por supuesto, le pregunté por qué y su respuesta fue esta “hoy escuché que las defendía un enemigo de Honduras, Oswaldo Ramos Soto”.
Creo que esto es también cosecha del 2009, para muchos hondureños como mi amigo, ahora está claro quiénes son los que perpetraron el golpe, los que ordenaron reprimir, los que impidieron una consulta al pueblo, los que oraron en el congreso para que Micheletty consolidara el golpe de Estado. De manera que, cada vez que estos personajes hablan, resulta fácil  saber dónde está la verdad.
Eso está bien, indica que de una u otra manera el pueblo está tomando posición sobre el tema y será en el camino de esta lucha por nuestra soberanía, cuando irá ganando más criterio para hacer la defensa en los debates de la calle. Mientras tanto, agrego a ese debate algunos argumentos que me parece que complementan el análisis de mi amigo, para ir construyendo la explicación necesaria contra las ciudades modelo.
Quienes defienden las tales ciudades… explotan el problema del desempleo para justificarlas, afirmando que éstas generarán mucho empleo y los hondureños (as) viviremos mejor; pero no hablan del costo-país de esos puestos de trabajo, asumiendo que en efecto los habrá. En realidad se trata de otra maquila pero sin soberanía sobre el territorio que ocuparán.
 Ocurre que en cada parcela que se entregue a los inversionistas, el Estado de Honduras renuncia durante 99 años a cobrar impuestos,  a legislar, a administrar justicia, a ejercer control de la seguridad y para rematar, solo los propios habitantes de la ciudad modelo podrán decidir el cambio de ese estatus, si la votación fuese mayor del 66% de los habitantes. Es decir, el resto del pueblo hondureño queda impedido de decidir nada con su voto, sobre lo que deba hacerse en esos territorios.
Otro punto para no perder de vista, es que esta propuesta está lejos de ser nacional, dígase de Juan  Orlando, de Pepe o de cualquier otro (a) de los ya fueron acusados de traición a la patria. Todos (as) debemos tener claro que ese proyecto pertenece al capital transnacional, cuyo único interés es su reproducción y para ello necesita controlar bajo sus propias reglas, cada parcela de nuestro territorio, para explotar mano de obra barata y todos los recursos naturales allí existentes.
Pero, esto que parece tan oscuro, no lo es tanto. El pueblo hondureño tiene ahora la oportunidad histórica de decidir su futuro, arrancar el control del poder del Estado de la oligarquía gobernante y del bipartidismo y empezar la construcción de un modelo de sociedad en la que el interés de la vida de cada catracho (a) esté por encima de la ganancia que alimenta al capital extranjero y de sus lacayos nacionales.
Publicado por El Marcalino
Edición 268, 18 de septiembre del 2012

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