Por Gilda Silvestrucci
Además de la miseria que ya les agobiaba, después del 28 de junio, los tolupanes de la Montaña de La Flor vieron frustradas las esperanzas de contar con su propio hospital, energía eléctrica, un negocio auto sostenible de cría de tilapias y una carretera que facilite el acceso a la zona donde viven.
Orica- Francisco Morazán. No es difícil adivinar el equipaje que llevan sus muertos hacia la otra vida. Quizá en lugar de objetos personales –como acostumbran a depositar en la manta donde se envuelven para ser enterrados- cargan al más allá, la miseria que se impregnó de indiferencia social a lo largo de sus vidas.Los tolupanes no son muy amigables, y es de esperar, pues su historia milenaria –tan antigua como la cultura Maya- les muestra como expertos cazadores.Son esquivos, escurridizos a las cámaras y a los rostros extraños.Quienes habitan en las comunidades de la montaña de La Flor, un sitio cercano a la capital de Honduras, pero tan lejos del desarrollo como si una era cavernaria se hubiese perpetuado, intencionalmente en ellos.
Para llegar hacia ellos hay que recorrer en auto, a través de veredas de montaña, cerca de dos horas, desde el municipio de Orica. Observar la riqueza natural de los bosques, durante el trayecto, hace imposible pensar que todavía existan seres humanos viviendo en medio de tanta miseria, como si fuese una calamidad planificada.
En La Ceibita por ejemplo, donde hay unas 300 personas, los niños andan descalzos, sus casas son de adobe (barro forjado con paja), no hay luz y sería ridículo imaginar un sistema de alcantarillado. Tienen el agua que corre por el río y las quebradas que se encuentran en todos lados, subsisten de cultivos de maíz y frijoles, de la cría de animales domésticos y de las ayudas que escasamente llegan hasta la zona, en especial cuando hay buen tiempo, pues bajo el invierno, llegar hasta ellos se convierte en una hazaña.
Cada comunidad cuenta con un pequeño inmueble que usan como escuela, aunque no todos tienen la suerte de recibir clases, pues los maestros nombrados para ellos, no llegan muy seguido, y en peor de los casos, no aparecen en todo el año, como pasó con el que se nombró en La Ceibita para éste año escolar.“Mi hijo tiene ocho años, pero todavía no puede leer porque la maestra solo vino a principios y después no volvió, ellos perdieron el año”, relata Santos Sevilla, una madre soltera que mantiene a cinco niños.
Y después del 28 de junio…
Al igual que muchas comunidades de Honduras, Los Tolupanes, una etnia que todavía practica el trueque para adquirir algunos productos básicos, cerró la esperanza de acceder a una mejoría en sus vidas.
“Este golpe nos ha matado, ya no tenemos esperanza de tener un hospital, tampoco de seguir con la cría de tilapias y con el proyecto de luz y carretera que nos iban a hacer, todo se paró después del 28”, dice José Martínez, el cacique de la comunidad de Ceibita.
Mira fijamente la construcción, casi completa, del hospital que vendría a facilitarles el acceso a consultas médicas, pues lo más cerca a un hospital son los centros de salud de Orica, (dos horas de camino) y si es una emergencia que requiere cirugía, tienen que viajar a Tegucigalpa, a cuatro horas de ellos, si tienen la suerte de conseguir un medio de transporte que los baje de las montañas y si ese día no hay lluvia, pues los ríos crecidos no permiten el paso de vehículos.
En esa comunidad, donde todavía hay pobladores que visten balandranes (ropa tradicional de los tolupanes) las mujeres a punto de dar a luz, son atendidas por las parteras y a los siete días llevadas al centro más cercano para su chequeo, aunque algunas no lo hacen, por las dificultades del traslado.
Pero no solo la esperanza de un hospital se vio frustrada para ellos, también quedó a medias un proyecto de cría de tilapias y la electrificación de la zona, donde se alumbran con candiles cuando permanecen despiertos después de las seis de la tarde, pues esa es su hora habitual para dormir.
Lo que por primera vez parecía una promesa que se cumpliría, quedó frustrado con la suspensión temporal de las ayudas internacionales y por el cambio automático de las autoridades de gobierno, después del golpe de estado.
“Ahora estamos en las mismas de antes, aunque podemos ver que el edificio quedó levantado, eso nos da la esperanza de que algún día las cosas sigan, ya hasta habíamos conocido a los doctores que nos iban atender, pero ellos también se fueron, otra vez estamos solos”, dice José, que al inicio tuvo miedo de hablar, pues aseguraba que lo iba a ir a buscar la policía si se quejaba del gobierno de facto.
Al igual que José, los otros observan el lugar que semeja un sueño de película trágica, donde las cosas buenas duran poco. Los niños parecen absortos de ese ideal, corren en medio de los pinos, descalzos, pero con la agilidad de un venado. Ríen y se observan unos a otros, parece no importarles la indiferencia y el autismo social de aquéllos que por décadas han gobernado Honduras, que les tomaron en cuenta, nada más, para contar con sus votos.
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